A la distancia el guardia reconoce al sacerdote. No necesitó presentaciones. Sabe bien quién es él. “Buenos días, don Jeremías, ¿qué lo trae por aquí?”, le pregunta con voz ronca el encargado de turno de la prisión. El sacerdote responde el saludo y acota: “Ya sabes, hijo, el Espíritu me ha vuelto a inquietar justo cuando ya estaba listo para enviar a la editorial mi segundo libro”. El gendarme siente curiosidad. Le consulta por los detalles. “Lamentaciones, hijo. Ese será el título de mi nueva obra. Cuando esté lista te invitaré al lanzamiento. Pero, vamos, no me distraigas. Mira que cuando el Espíritu apremia, me toca obedecer. Así que, por favor, dime cómo desciendo a las mazmorras”. El guardia se asusta. Ese visitante -extraño e incómodo- sabe demasiado. “Espérese aquí sentadito, don Jeremías. Tengo que avisar a la jefatura y ver si acaso autorizan su ingreso”. Aturdido, el vigilante irrumpe de sorpresa en la oficina del director. Explica la situación al alcaide y espera de éste una instrucción. El mandamás se complica. ¡Ese Jeremías! Duda si hacerlo pasar o impedirle el ingreso. ¿Por qué mejor el sacerdote no se queda en el templo entreteniendo a sus feligreses? En fin: temiendo que lo acusen de faltar a la probidad administrativa y aterrorizado por el qué dirán de las redes sociales, opta por dejar entrar al tal Jeremías. El sacerdote recibe una credencial, se moviliza y, bajando las escaleras con cuidado, llega a la prisión subterránea. El Espíritu le abre los ojos y le destapa los oídos. Conversa con los privados de libertad, mira sus cuerpos y verifica los datos con los reportes oficiales que le provee el guardián que le sigue los pasos. Observa, escucha y medita. Al cabo de unas horas asciende y está sentado en su escritorio. Levanta la tapa de su computadora portátil y envía al cielo un par de versos. Al instante recibe desde arriba la confirmación y la orden de que espere unos segundos sin apagar el sistema. Se está buscando el código para registrar con precisión los apuntes tomados por este veedor. En cuestión de segundos recibe la respuesta: “Hijo de hombre, informe aprobado. Escríbalo así tal cual, sin cambiarle una letra. Contra la verdad nada se puede. Mantenga su estilo literario y reparta el contenido entre los versos 34 al 36 del capítulo tercero de sus nuevas Lamentaciones. Hecho eso, avise de inmediato para cerrar la edición y dar la orden de impresión”.
domingo, 22 de enero de 2023
sábado, 21 de enero de 2023
Escribir es urgente
Sí, urge dejar testimonio para recordar que estar vivos es un milagro. Hallarse en medio de guerras y pestes, y -encima- seguir respirando, hace necesaria la actitud de ese samaritano que deshizo el camino y regresó adonde estaba el judío que lo había sanado sólo para decirle "¡gracias, Señor!"
Escribir es una forma de celebrar que luego de 17 años de matrimonio, la de anoche fue la aplicación práctica de los inspirados versos del Cantar de los Cantares.
Cada palabra escrita es un puñal que se clava en el corazón de la apatía. Porque pensarla y luego digitarla supone un gran trabajo de la mente y el cuerpo. Transformar la idea en texto es una maravilla. ¿Hay algo más costoso para una mano que levantar un lápiz y deslizarlo sobre un papel hasta darle forma a una oración?
Escribe un papá angustiado por la adolescencia de sus hijas. Lo mismo hará ese profesor universitario decepcionado por la indiferencia de su estudiantado. Y escribirá aquel abogado que no sabe cómo defender ante la corte al extranjero que tiene en su contra una orden de expulsión. Todos escriben al borde de sus capacidades -sintiendo que pierden la batalla-, pero igual lo hacen en señal de que todavía resisten aunque la tormenta casi les voltea la canoa.
Valen mucho los párrafos que festejan la agudeza de ese gato salvaje que funge de mascota como también aquellas líneas que valoran que hoy por la mañana al desayuno hubo -¡de nuevo!- una taza de café.
En un mundo quebrado son bienvenidas aquellas escrituras que sacan a la luz rebanadas de gloria.
Sí, escribir aun en la agonía es una apología de la belleza cotidiana.
Confidencial: reporte 3/34-36
A l a distancia el guardia reconoce al sacerdote. No necesitó presentaciones. Sabe bien quién es él. “Buenos días, don Jeremías, ¿qué lo tra...
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