Sí, urge dejar testimonio para recordar que estar vivos es un milagro. Hallarse en medio de guerras y pestes, y -encima- seguir respirando, hace necesaria la actitud de ese samaritano que deshizo el camino y regresó adonde estaba el judío que lo había sanado sólo para decirle "¡gracias, Señor!"
Escribir es una forma de celebrar que luego de 17 años de matrimonio, la de anoche fue la aplicación práctica de los inspirados versos del Cantar de los Cantares.
Cada palabra escrita es un puñal que se clava en el corazón de la apatía. Porque pensarla y luego digitarla supone un gran trabajo de la mente y el cuerpo. Transformar la idea en texto es una maravilla. ¿Hay algo más costoso para una mano que levantar un lápiz y deslizarlo sobre un papel hasta darle forma a una oración?
Escribe un papá angustiado por la adolescencia de sus hijas. Lo mismo hará ese profesor universitario decepcionado por la indiferencia de su estudiantado. Y escribirá aquel abogado que no sabe cómo defender ante la corte al extranjero que tiene en su contra una orden de expulsión. Todos escriben al borde de sus capacidades -sintiendo que pierden la batalla-, pero igual lo hacen en señal de que todavía resisten aunque la tormenta casi les voltea la canoa.
Valen mucho los párrafos que festejan la agudeza de ese gato salvaje que funge de mascota como también aquellas líneas que valoran que hoy por la mañana al desayuno hubo -¡de nuevo!- una taza de café.
En un mundo quebrado son bienvenidas aquellas escrituras que sacan a la luz rebanadas de gloria.
Sí, escribir aun en la agonía es una apología de la belleza cotidiana.
Felicidades
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